Hace tiempo sostuve una interesante conversación con un ex compañero de trabajo sobre la idoneidad del formato “serie” a la hora de plasmar un guión de complejidad media fuera de las ataduras que imponía el mainstream hollywoodense para eso que llaman el 7º arte. En líneas generales terminábamos rindiéndonos ante las aparentes ventajas del formato, no sin antes realizar un sesudo estudio del porqué muchas películas son tan malas que, ante su visionado indefectiblemente terminamos preguntándonos: “Como es posible que un truño como este haya encontrando financiación?” y sobre todo: “Que coño estoy haciendo viendo semejante mierda de peli”.
Entre las ideas que salieron a relucir prevalecían (y quizá sintetizaban todo el cotarro) dos por encima de todo: en el cine actual el guionista no es el capitán ni el timón del barco; en su lugar una suerte de personajillos entre los que se cuentan generalmente el director y los actores de renombre son los que dirigen la nave, a golpe de ego generalmente. El número de revisiones que un libreto puede llegar a contar es directamente proporcional a las ganas de destacar del mencionado triumbirato: el director, generalmente un personaje de originalidad artificiosa, retoca lo que considera necesario para imprimir su sello personal, sello que a la gente le suele importar un pito y que, aunque cierto es que de haber alguien que quiera retorcar la idea original, sería el director el más apropiado por poseer una visión general (después del propio autor del guión claro está), no dudará en pervertir el mensaje original y la estética para resolver algo más acorde a sus estilo. Lo de los actores es mucho peor, es egolatría en estado puro: más minutos, más heroico, más transfondo para que pueda lucirse a placer. Un ejemplo (la quintaesencia según comentan) de esta actitud es la de Harrison Ford en los últimos tiempos (y no tan últimos). Choca ver como un carpintero maneja el tinglado para que le saquen siempre del perfil bueno.
La segunda idea era la censura. La censura por pasiva y por activa: la MPAA con sus calificaciones ancladas en el pasado, que obligan al director a rebajar generalmente el nivel de violencia y sexo para que la película se aparte del famoso Rarting R (R de Restricted) y asi pueda ser estrenada en el mayor número de cines. Porque en EEUU no hay cultura que valga: los dueños del circuito deciden qué película se estrena en su cadena y qué pelicula no, y evidentemente las películas que van dirigidas a un mayor público potencial prevalecen sobre aquellas cuya calificación las hace no aptas para la chavalería. También se lleva mucho el plan chantaje: si me haces una peli PG13 te doy 100 de presupuesto, si me la haces R te doy 10. La censura por la vía pasiva sin embargo es la principal impulsora de esa cadena de producción que es Hollywood: uno ve discurrir películas como si fueran donuts en una cinta transportadora saliendo del horno: todas iguales. Todas con final bonito, todas aleccionadoras de alguna u otra manera, aunque generalmente la misma: la justicia prevalece, el trabajo dignifica, el bien sobre el mal etc… El otro día vi “La búsqueda II” y a poco me dan ganas de trallar allí mismo, en el salón: la misma fórmula, el mismo mareo de país en país, de pseudo-puzzle en casi-acertijo; no se si estaba viendo la Búsqueda II o la I o alguna de Indiana Jones o de James Bond: terrible.
La solución? pues 2: por un lado el cine independiente. Generalmente la figura del director y del autor del libreto es la misma: el director dirige SU idea, y no la de otro. Por otro lado al ser independiente no hay presiones (o las hay pero en mucha menor medida) por cumplir con una calificación, por cumplir con el final feliz. La distribución va a ser muy limitada, quizá no salga de los tipicos certámenes. Y los actores, como no los conoce ni blau pues se dedican a los suyo: actuar. Las películas de corte independiente sortean a priori gran parte de los defectos que padece la gran super producción americana. Entendámonos: peliculas malas las hay por doquier y el cine independiente no es garantía de nada, pero al menos las probabilidades de ver algo distinto se incrementan exponencialmente.
La otra solución son las series. Es una solución mas a medias, menos radical que el cine independiente. Los actores son menos conocidos y su influencia limitada en tanto en cuanto segun los capítulos se van sucediendo los guionistas dictan al pormenor como se suceden los eventos: un salida por la tangente para complacer a un actor puede pagarse caro 4 episodios después, en el momento de encajar las piezas que tan delicadamente se han ido distribuyendo con cuenta gotas a lo largo del serial. Por otra parte el director suele ser interino en la mayoría de series: cada episodio es dirigido por un director diferente. En series de gran renombre si que se identifica más al director con los episodios notables, por ejemplo Expediente X, una decena de directores llevan el peso de la mitad de la serie aproximadamente (p. ej. David Nutter, Rob Bowman, Kim Manners…) el resto de capitulos son dirigidos por mas o menos desconocidos. Son los directores de oficio.
En esto de las series, desde el punto del libreto se distinguen 2 tipos fundamentalmente: aquellas guiadas por el argumento, generalmente las que en cada episodio comienzan con un “previously on…” y terminan en un “cliffhanger” (son los llamadores “seriales“) y las que en mayor o menor medida cada capítulo es independiente. Un ejemplo extremo de esto último sería por ejemplo la serie de dibujos de los 80 llamada “Dragones y Mazmorras” que muchos treientañeros recordareis. En aquella serie una pandilla de amigos visitaba un parque de atracciones y sin comerlo ni beberlo se abría una especie de portal en plena atracción tipo “pasadizo del terror” que les llevaba a lo que años más tarde supuse que sería GreyHawk, el mundo original donde el juego D&D vio la luz: una especie de asimilado de la Tierra Media de Tolkien para entendernos. Todo el argumento de la serie se explicaba en la introducción de la serie, a golpe de estrofa de “los Dulces“: los chavalines llegaban a un mundo indeterminado atestado de bichos raros en el que había dos facciones: el Amo del Calabozo, un benébolo gnomo hechizero de incalculable poder que les otorgaba un arma especial a cada uno, y Venger, una especie de vampiro tambien mago pero malvado. El objetivo de los chavales era volver a su mundo. Y ahí estaba todo, resumido en la cabecera de la serie, porque por alguna extraña razon los chavales sufrían un reseteo virtual de su mollera al terminar cada episodio: ningún suceso, por enorme o decisivo que pareciera prevalecía o se dejaba ver su influencia en episodios posteriores. De hecho se podían dar perfectamente salteados que no pasaba nada. El asunto tomaba especial relevancia cuando en el ecuador de la serie los chavales acorralan a Venger en el cementerio de dragones, el lugar donde se forjaron sus armas y donde adquieren un poder superior al del malvado vampiro: Venger se rinde, pero a los 2 episodios vuelve a perseguirles como si nada hubiera pasado y sin dar mayor explicación. Lo mismo sucedía en “Se ha escrito un crimen” o “El Inspector Gadget”. Ni siquiera el episodio piloto explicaba el origen de los gadgets, y el final tampoco concluía nada, sencillamente no hicieron más.
En contraposición están los seriales, fuertemente guiados por el argumento. De este tipo el máximo exponente podría ser Lost ya que todos los episodios aportan algo (en mayor o menor medida) a la trama. Perderse uno significa tener que preguntar a los que lo vieron. Perderse 2 o 3 seguidos supone dejar de seguir la serie. En un término intermedio se pueden situar la gran mayoría de series actuales, bien escoradas hacia el lado del argumento (Expediente X tenía una mayoría de capitulos que seguían la trama central pero había también muchos de “relleno” donde se presentaban casos que no aportaban gran cosa aparte de contribuir a perfilar personajes o crear una iconografía) bien hacia el lado de la simpleza, con retazos de historia que unen toda la temporada en torno a una linea argumental difusa (CSI Las vegas sería un buen ejemplo de esto).
Y que coño tiene que ver toda esta rallada con el título de la entrada? bueno, pues que tengo la sensación de que Lost empieza a acusar los mismos problemas que ya mostró otro de los grandes en cuanto a series, aunque los síntomas se dejaron ver mucho tiempo después. Estoy hablando de Expediente X.
El problema de las series con argumento es que, por un lado los guionistas van y vienen y los actores por desgracia también. Muchas veces hay que sacar a un actor de la plantilla por tener otros compromisos o por la razón que sea, y eso puede trastocar seriamente el discurrir de la serie. Otras veces el abandono de un actor puede suponer un jarro de agua fresca, como así sucedio con la marcha de Mulder en Expediente X y su posterior sustitucion por John Doggett.
En el caso que nos ocupa, Lost, las cosas estan empezando a derivar, y no por el hecho de que finalizada la temporada 4 todavía no se sepa qué es el humo negro o el origen de la isla, sino porque muchos hechos transcurridos a lo largo de los chorrocientos capítulos emitidos empiezan a volverse contra la propia isla, causando incongruencias de lo mas variopintas.
Y es que este post es meramente introductorio ya que terminada la 4º temporada estoy “revisitando” toda la serie al completo y apuntando todas aquellas cosas que empiezan a chirriar con lo que ya se sabe a día de hoy de la isla (que realmente es mucho).
El próximo post será el encargado de revisar la temporada 1, desde el prisma de alguien que ya ha visto la 4.

